Monday, October 30, 2023

Ponette: saltar y coger un recuerdo

“Podemos morirnos, pero hay que morir vivo”

Estaba pensando en una película para finalizar el mes de octubre, y qué mejor película para víspera de Todos los Santos que "Ponette" (1996), de Jacques Doillon.

Para cualquier persona, la muerte de un ser querido supone un duro golpe, y para la pequeña Ponette, la repentina desaparición de su madre es una ausencia insoportable a sus cuatro años de edad.

El sentimiento de soledad y abandono de Ponette apenas son aliviados por los bienintencionados intentos de los adultos para consolarla… Ponette quiere que su madre esté con ella y no le sirve que le digan que su mamá esté feliz en el cielo o que su papá está con ella y la quiere mucho también: Ponette sólo quiere que su mamá vuelva.

Ponette es llevada a una escuela/internado rural con sus primos. En su tristeza no tiene ganas de jugar, y ello no siempre encuentra la comprensión de los otros niños y niñas, alguno de los cuales llega a ser bastante cruel. Sólo encuentra consuelo en su muñeca Yoyotte (una muñeca de trapo, tal vez una manualidad de su difunta madre).

Las teorías de sus pequeños compañeros sobre la muerte no parecen mucho más informadas que las de los adultos, pero los niños viven en un mundo mágico en el que los caramelos pueden ser el vehículo de un hechizo de amor o un instrumento inocentemente necromántico, donde la capilla del colegio ("La habitación de Dios", en descripción infantil), bañada en una sobrenatural luz roja, es un lugar en el que puedes comunicarte directamente con el Todopoderoso (Sin querer destripar nada, diré que el color rojo aparece más adelante en la película, asociado a lo prodigioso).

La misteriosa "Chambre de Dieu"


Por sugerencia de su primita, Ponette habla con una de las niñas del colegio, Ada, que es judía y por eso “lo sabe todo de Dios y de Jesús” y le podrá ayudar a responder a sus preguntas. Ada(1) hace pasar unas pruebas a Ponette, para obtener el poder de hablar directamente con Dios y pedirle que vuelva su mamá, aunque en este entrenamiento de marines místico apto para parvulitos, no se estudia la Cábala sino que se juega a “el suelo es lava”.

Ponette es interpretada fenomenalmente por Victoire Thivisol, toda ella desamparo y desconsuelo con un brazo escayolado que subraya su fragilidad. Como el elenco de intérpretes infantiles que la acompaña, su interpretación resulta veraz y espontánea bajo la dirección de Jacques Doillon, quien nos regala una historia en la que se nos anima a superar el duelo, pero sin menoscabarlo: La muerte se lleva a nuestros seres queridos, pero siempre podemos saltar y coger un recuerdo.

Notas:
1) Ada imitando la voz de Dios es irresistible: una precursora de Dory hablando Balleno

Sunday, October 11, 2020

El Sagrario Mecánico


En parte debido al Coronavirus, en parte debido a viajar en otoño, en mi periplo vacacional por tierras sorianas me encontré sin poder acceder a todos los sitios que quería visitar.

Uno de ellos era el Museo de La Venerable. Llegué al convento y, aunque la puerta estaba abierta, era sólo la entrada a la iglesia: el museo estaba cerrado.


El día era frío y lluvioso, hasta el punto que lamenté no haberme traído guantes. Fuera, el Moncayo lucía nivoso y coronado de nubes, lo cual a estas alturas del año me parecía asombroso desde mi perspectiva de aborigen de un lugar a mucha menos altitud y temperaturas más benignas. Recordé una lejana excursión a su cumbre, en la que no era dificil encontrar en ella restillos de aviones que se habían estampado en aquellas alturas, en días de poca visibilidad como el de mi visita.

Dentro de la Iglesia, a través de las rejas que la comunicaban con la zona conventual, llegaban cantos de las monjas. Me pareció que no sería mala idea resguardarme y descansar un rato. No entraba mucha luz del exterior, y aparte de unas pocas velas, sólo estaban iluminados el Sagrario y La Venerable, de cuerpo presente.



Dicen que su cuerpo está incorrupto, algo a lo que posiblemente contribuye el clima local, aunque el recubrimiento de cera sobre el rostro del cadáver, visible a través del cristal del féretro, ayudaba a mantener la ilusión de que la vida había abandonado ese cuerpo un instante antes: la faz de cera transmitía la placidez del sueño eterno. 

(Sobre el cajón de cristal que guarda el féretro había una estatua yacente de La Venerable replicando la pose del original que descansaba debajo ¿Tal vez esa doble presencia quiere representar sus episodios de bilocación?)


Mientras iba pensando estas cosas, las monjas habían dejado de cantar. Entonces oí un sonoro ¡CLAC! y se apagó la luz del Sagrario. Me quedé a solas con el cadáver incorrupto.

Al cabo de un momento se empezó a escuchar un ruidillo.


Ñigo-ñigo-ñigo-ñigo…


El ruido venía del altar y lo hacían unas puertecillas que poco a poco cerraban el espacio en el que se encontraba el Sagrario. No sé si estaban accionadas por una maquinilla programada a tal fin, o si una monja oculta le daba a una manivela para mover tan curioso mecanismo.

Las puertecillas del Sagrario se cerraron tras unos ñigo-ñigos más, ocultando su contenido a ojos profanos.


No sucedió nada más, después de todo me encontraba en un templo barroco y no en una película de la Hammer, pero al cabo de un rato marché dándole vueltas a los medios que la Contrarreforma utilizaba en su tiempo para pasmar y asombrar el espíritu, aturdiendo a los sentidos: luz, oscuridad, música, ruidos, ocultos mecanismos… Me pregunté que no haría la Contrarreforma con las herramientas de la actualidad, sin caer en que quizás ya lo está haciendo.


Afuera el día seguía desapacible.

Friday, May 22, 2015

Vote as you please, but please vote

Y miren como recicla: Usa una pistola de martillo ¡Qué apañá!
Le he tomado prestada a Rita Glyndawood esta encantadora foto de la simpática y sandunguera Jane Russell incitándonos a votar. Si, ya lo sé: votar, dicen los hueletendencias, no se lleva, es un acto viejuno y demodé.

Yo tuve un compañero de trabajo muy majo, muy currante y muy implicado en luchas sociales y de su barrio. Él no era de votar porque sentía que el voto estaba muy mediatizado por las mayorías y él prefería influir en su entorno con sus acciones. Me parecía una persona muy consecuente con sus palabras y lo encontraba francamente admirable. Cada vez que hay elecciones siempre tengo un mini debate con quienes son partidarios de la abstención por razones similares y, como él, gente comprometida con causas nobles.

Sin embargo, recuerdo una vez que mi colega rompió su voto de no votar, y muy sorprendentemente, por una formación mayoritaria por la que nunca le hubiera imaginado votando: él que ni tan sólo votaba a pequeños partidos con poquita representación que más o menos se acercaban a su tendencia política, pero que eran, en su opinión “unos vendidos”, él… pues votó una vez por puro voto útil a un megapartido alfa de mayorías. Tuvo miedo, me confesó, de que ganara el otro megapartido alfa: “De la gran seca a la gran remojada”, como hubiera dicho mi madre.

No quisiera generalizar sobre los abstencionistas, ya que ¿Cómo definimos esa bolsa de gente tan extensa (alrededor de un 40%, con fluctuaciones) cuando ellos, por definición, no se definen? Imagino que entre quienes no votan habrá quien lo hace por convicción, como mi antiguo compañero de trabajo, o por miedo a mojarse o miedo a sentirse defraudado, o por que prefieren ir a la playa (o la montaña) ese día, por que ya les está bien como están las cosas, o porque no les esta bien como están las cosas, pero se la suda todo, o tal vez por pura y simple pereza.

Recuerdo una compañera de trabajo, muy poco interesada por la política, que sin embargo votaba en todas las elecciones: "Yo no me creo a ninguno," me decía "pero mi abuela nunca pudo votar así que voto por los que hubiera votado ella de haber podido”. Ella votaba por reivindicar el derecho que su abuela no pudo disfrutar.

Que por supuesto, la democracia, tal como la conocemos por aquí, tiene sus trampas: la falta de inversión en educación se manifiesta en esas personas que declaran que votarían a una moza cuya fama se debe a haber estado coyundada con un destripabueyes, o que votan, e incluso se presentan en una lista, sin haberse leido el programa electoral, o esas abuelas que votarán a un guapito con pinta de yerno ideal pero cuyo programa reclama el recorte de sus pensiones… No hablemos ya de la Ley Electoral, las proporcionalidades que favorece la Ley d’Hondt y los presupuestos de partidos que saben que una campaña espectacular bien financiada da muchos más votos que un programa bien razonado (suena triste pero, oigan, eficacia demostrada, sobretodo para quien financia esas campañas y luego se cobra el favor).

Pese a estos peros, creo que la gente que desecha su opción de votar lo hace con demasiada alegría y más cuando votar, en tiempos pasados, era algo que no estaba al alcance de todos. Cuanto todos éramos vasallos, no se podía votar, y cuando se votaba, el voto estaba reservado para varones cualificados por su riqueza y estatus social: para votar tenías que ser propietario.

El voto no fue cosa de todos los hombres hasta la implantación del Sufragio Universal, en el Siglo XVIII, aunque en un país que siempre ha presumido de democracia como los Estados Unidos, ese derecho no estuvo al alcance de hombres no blancos hasta la segunda mitad del siglo XIX. Las mujeres no obtuvieron ese derecho en Occidente hasta el siglo XX, y en España aún no se ha cumplido el siglo del voto femenino (y creoque le tendríamos  que descontar el hiato de cuatro décadas en el que el derecho a sufragio lo tuvimos suspendido). 

Vengo a decir con esto que el derecho a votar no es algo que cayera del cielo, sino algo por lo que hubo que luchar para conseguirlo, como tu semana de 40 horas, tu jubilación o esos derechos (al trabajo, a la vivienda, a la sanidad) que te han ido recortando poco a poco: te han ido desplumando y te das ahora cuenta de que hace frío y no puedes volar.

Pienso ahora en la gente a la que el destrozo ocasionado por los saqueadores ha obligado a buscarse la vida en el extranjero: gente a la que le cuesta mucho papeleo llegar a votar por correo, y eso cuando tienen la opción. Mientras que por el otro lado, los saqueadores ponen su papeleta en manos de ancianos con alzheimer, “despistan” el DNI de la gente para votar por correo por ellos, compran el voto con favores meniales, bocadillos, globitos o viajes en autocar…

En fin, tu piensa, por un lado, en Jane Russell, tan salada, pidiéndote el voto, y por el otro, elforoloscoches (ese centro de gravedad permanente del cuñadismo patrio), dicen que «pa qué votá pudiendo 'abstenense'?». En fín, dispón de tu libre albedrío para decidir qué consejo sigues.

Saturday, February 21, 2015

El Gran Hombre nos visita


Mis conocidos me consideran una persona razonablemente normal, pero lo cierto es que un análisis conductológico certero diría que lo que soy en realidad es alguien con el poder mutante de aparentar en sociedad un nivel aceptable de salud mental. Añadiría que, pese a haber afirmado en alguna entrada anterior que soy en general buena persona hasta la tontería, algún que otro desliz de perfidia he cometido en mi vida. Por ejemplo, aquella vez que me colé en un evento lleno de prebostes al que no había sido invitada: Si, amigos míos, una vez fui una vil gorrona.

Hace ya unos cuantos años trabajaba como maquetista/grafista/chica-para-todo en una revista de prensa comarcal. Siguiendo un formato muy de moda entonces, la publicación iba trufada de los anuncios que la costeaban, salpimentados con alguna que otra noticia de ámbito local para disimular. A unas semanas del inicio de campaña de unas elecciones generales, uno de los periodistas que trabajaba conmigo recibió un fax notificando que un altísimo cargo gubernamental venía a visitar la comarca. No porque se acercaran las elecciones, no vayan a pensar mal, sino porque los miembros del gobierno gustan, de tanto en tanto, de abandonar sus sedes capitalinas y airearse un poco inaugurando cosas por los sitios.

A mi compañero le pareció interesante salirse de la típica noticia de pueblo, pero mi jefe le prohibió tajantemente asistir: el acto público del magno visitante coincidía con una presentación del ayuntamiento que para él era más relevante “en esta revista, muchacho, los anuncios me los ponen los alcaldes”[1]; a renglón seguido también le prohibió asistir al evento posterior, pese a que éste ya no coincidía con acto municipal ninguno: esto segundo ya me pareció a mí una táctica gorilera de mi jefe para humillar a un subordinado y asertar su posición como macho alfa de la empresa, práctica bastante enraizada en la península ibérica entre muchos empresarios que la entienden como "demostración de liderazgo”.

El caso es que tal situación me dió bastante rabia y de ahí me surgió una idea: le propuse al periodista asistir yo al acto (fuera de horas de trabajo y sin conocimiento del jefe), registrarlo, y pasarle el material al día siguiente para que pudiera escribir sobre algo más que no fueran las inauguraciones del señor corregidor que tanto ponían a nuestro patrón desde el punto de vista informativo. La idea era que tras unas horas se le habría pasado la tontuna al jefe y ya no tenía inconveniente en permitir a mi compañero lucirse en la redacción de una noticia más allá de la sosa crónica comarcal. He de confesar que también me impulsaba la curiosidad y, porqué no admitirlo, cierto anhelo de aventura: iba a tener la oportunidad de observar al natural y en directo a un prócer de esos que normalmente sólo ves por la tele, y en tanto que representante de la autoridad, pues también estaba el morbillo añadido de poder atravesar, por una vez, un círculo de adustos escoltas que normalmente no permiten el paso a los ciudadanos de a pie. Iba a sentirme como una sujeta peligrosa por un día, sip… ¡ojocuidiao conmigo!

Tras una intensa micromaratón destinada a gestionar el préstamo de una cámara y un cassete con grabadora, me encaminé a mi destino en transporte público, que en aquella zona no era (sigue sin ser) particularmente bueno, así que llegué tarde al acto pero no a la intervención estelar: Los Dioses, en su sabiduría, pusieron a las personalidades locales a hacer las tediosas intervenciones previas y me evitaron los minutos de plomo. Lo primero que me sorprendió fue lo desangelado del mitin: Los asistentes (corresponsales incluidos) no llegaban al centenar en una plaza dura que apenas había dejado de ser descampado, rodeada de edificios en construcción, promociones de extrarradio ideadas para quienes ya entonces huían de los exagerados precios de los pisos de la capital[2]. La concurrencia no plumífera era tirando a madura cuando no de una tercera edad francamente jubilada. El señor alcalde presentó al Gran Hombre y éste empezó a pronunciar su discurso.

El público en general estaba razonablemente amaestrado: escuchaba educadamente y aplaudía en los puntos adecuados. Destacaba entre los asistentes una señora mayor teñida de morena (algo que suele dar a las señoras mayores apariencia de tener más edad si cabe), que iba lanzándo piropos y claveles con entusiasmo feroz, interrumpiendo la arenga del ilustre invitado. Uno de los claveles fue a darle al ministro en plena cocorota y, en un sorprendente alarde de contención, éste se limito a parpadear levemente sin interrumpir su disertación, soportando estoicamente el fuego amigo de la jubilada.

Me llamó la atención que un visitante de su categoría se batiera el cobre pre-electoral en un lugar tan humilde, y más cuando me costaría imaginarme a compañeros de gabinete haciendo entonces un bolo similar en un lugar que no fuera un teatro de la ópera o un megapabellón deportivo de una de las principales capitales del estado; pero allá estaba él, en aquel lugar dejado de la mano de Dios: tal vez porque su carrera política se había forjado a base de muchos mítines en lugares similares, a fuerza de patear calles y echarle muchos kilómetros. También me resultó notable su derroche oratorio: su alocución superó la hora larga cuando habría quedado como un señor con poco más de quince minutos, y de paso habría eludido buena parte de la descarga artillera de Caryophyllaceae por parte de la abuela. Para ser sincera, creo que su argumentación no se hubiera resentido de durar, digamos, un poquitín menos.

Era un orador a la antigua, sin chuleta, recitando de memoria datos y números para dejar bien claro que en su opinión, la gestión del Gobierno era claramente positiva y merecía renovar la confianza del electorado cuando en breve plazo se colocaran las urnas, blah, blah… A nivel gestual, sorprendentemente, no caía en aspavientos, sólo de tanto en tanto hacía un gesto como si estuviera moldeando algo, tal vez dando forma a algún concepto recién expresado; otras colocaba las manos como si sostuviera algo a la vista del público: tal vez una urna o quizás la caja que contenía la mangosta imaginaria de Crowley. Agradecí que, al contrario que algunos de sus colegas, no aprovechara aquella asamblea para desempolvar demagógicamente el acento de pueblo o dejar por un día el traje para ir en mangas de camisa y con un pañuelo sustituyendo a la corbata: en vez de eso, vino el Gran Hombre hecho un pincel, que parecía mismamente el Don Draper de la Margen Izquierda. Nada de hablar a voces como un tertulianote o de sacar el repertorio de chistecitos de medio pelo a los que recurren algunos cuando consideran que quienes le escuchan tienen su capacidad cerebral gravemente disminuida.

Curiosamente, no se extendió en reivindicar su espinoso cometido ministerial, sino que su discurso se centró sobre todo a lo conseguido por el gobierno en el ámbito laboral, sanitario y educativo, reivindicando el incremento en la incorporación de las mujeres al trabajo y la universidad, tras lo cual me planteé si su gestión no hubiera sido más productiva de haberse dedicado a ámbitos más cercanos a lo que claramente era su verdadera vocación, pero en fin… Tal vez excediéndose un tanto en su enumeración de los logros gubernamentales, me dejó un tanto pasmada su entusiasta convicción de que habíamos superado en bienestar social a Suecia (cosa que dudaba entonces y aún dudo ahora[3]).

En tanto que leal contribuyente, me sorprendí asintiendo[4] a su defensa de los impuestos que hacían posible todo lo referido anteriormente y afirmó (aquí si) con un punto de chusquedad, y a manera de guiño a ese “espiritu cuñao” con el que, como político, siempre ha conectado de maravilla, que él estaba encantado de pagar muchos impuestos, porque pagar más impuestos, dijo, era señal de que se cobraba un buen sueldo; pensé, “¡Los Dioses te guarden la inocencia!”: si él pagaba religiosamente el IRPF y el IVA, dudo mucho que lo hicieran los grandes empresarios, banqueros y aristocráticas duquesas con los que se codeaba en esas cenas a las que asiste la gente de las altas esferas, más inclinados por tradición y catadura a jugar al escondite con el fisco en su calidad de miembros del club de fans de la Confederación Helvética.

Al acabar el mitin-que-no-era-un-mitin-porque-todavía-no-había-empezado-la-campaña-electoral pensé que ya tocaba volver a casa. No fue así ya que unos periodistas me dijeron que si quería ir con ellos al acto (con cena incluida) reservado a prensa y personalidades autorizadas. Tenían sitio en su coche y, tras un instante de duda, opté por acompañarlos, sospecho, por el mismo impulso idiota que hace que las moscas se den cabezazos contra el cristal, el primigenio instinto de meterse en berenjenales. Cuestiones tipo “¿Cómo me las apañaré para volver sin coche?", o “¡Rayos, por qué voy si no soy periodista!", me incomodaron el viaje, aunque no me atreví a confesar mi impostura a mis gentiles acompañantes.

Al llegar al hotel donde tendría lugar la cena con discurso de guarnición, una parte de mi me decía de dar media vuelta hacia la estación de renfe más cercana, y otra me impelía a entrar: Me sentía como un hobbit perdido en Mordor que acaba de encontrar un buen atajo a la Montaña del Destino. Mi lado timorato optó por apartarse un poco y esperar a que entrara el grueso de la prensa para no llamar la atención si no me dejaban pasar: por toda credencial sólo tenía el fax que le habían enviado a mi compañero y una tarjeta de mi empresa, y pensé que el dispositivo de seguridad, entrenado para hacer un placaje de rugby a cualquier intruso no autorizado, me pondría de patitas en la calle. A la hora de la verdad ni tan sólo me pidieron el DNI y me dejaron pasar tras una perezosa ojeada al fax: Una de dos, o yo tengo habilidades de damisela Jedi, o los chicos de seguridad eran bastante laxos en su cometido. Por suerte para ellos, mi intención más vil era picar alguna croqueta y no tenía otra cosa con la que disparar que no fuera mi réflex viejuna, con la que unos minutos después tomé la única foto medio decente de todo el carrete: en ella, el ilustre invitado mira en mi dirección con aspecto de estar ligeramente escamado, como si sospechara de mis pintas y mi poco profesional y vetusto equipo. 

En esta ocasión y hallándose más, por así decirlo, en familia, el insigne invitado replicó temáticamente y casi (ouch) en extensión su argumentario de la plaza dura. De pie en medio del comedor, nuestro protagonista hilaba su discurso con el gesto relajado de quien sabe que tiene al auditorio en el bolsillo, con esa seguridad que le daban varios lustros de experiencia política en los que había pasado del mitin semiclandestino con jersey raido de costuras reventadas, a la perorata con traje sastre en salas de convenciones de lujosos hoteles. Aquí cambió el anterior registro de sermón didáctico modulándolo a la circunstancia de su nuevo público, lleno de viejos conocidos a los que lanzó varios guiños de complicidad. Yo no tenía duda de que tendría rendidos a sus correligionarios, pero me sorprendió la buena sintonía de los representantes del cuarto poder, entre los que detecté algún que otro comentario por lo bajini de admiración ante su retórica, como cuando un torero hace un buen pase con el capote en la plaza (lo cual me hacía sentir, aún más si cabe, como una sioux infiltrada en el fuerte del séptimo de caballería). 

La mayor brevedad del discurso sin duda debía algo a la inminencia del ágape. Yo me hubiera dado por servida con un simple pica-pica de vernissage de centro cultural de barrio[5], pero los camareros nos sirvieron cosas como una especie de pata de elefante que mis compañeros de mesa identificaron como una pierna de cordero, de la cual mi mala conciencia de asistente clandestina me impedió dar cumplida cuenta. La abundancia de las raciones también me ayudó a comprender por qué es habitual en gente con cargos públicos la tendencia a engordar: por muchos libros que venda Michel Montignac, creo que es francamente complicado adelgazar en comidas de negocios. 

Las calorías fueron aquella noche el menor de mis problemas: estando como estaba allá donde Cristo perdió la alpargata (o lo que es lo mismo, allá donde se fué a morir George Sanders), resolví despedirme temprano para tener alguna opción de transporte público con la que regresar, de otra manera me arriesgaba a tener que volver en taxi (lo cual me resultaría prohibitivo), convertirme en calabaza o peor aún, acabar contagiada del cariño que la concurrencia sentía ante el augusto protagonista de la jornada y, ah no, eso si que no.

El caso es que salí del hotel para perderme entre las sombras de la noche y tal, que además al día siguiente me tocaba madrugar.

A modo de epílogo:
  • Mi jefe siguió oponiéndose a incluir la noticia del evento aún cuando mi compañero periodista le comentó al jefe que un colega (ejem) que asistió al acto le podía pasar documentación para elaborar un artículo sin compromiso. Cabezón de hombre.
  • En cuestión de pocos meses, y cuando todo apuntaba a que el Gran Hombre estaba destinado a ascender al Olimpo de los estadistas, éste pasó a mejor vida, políticamente hablando, a causa de uno de esos traspiés que sólo pueden saldar vía de la asunción de responsabilidades. No vi entonces salir en su defensa a ninguno de los que le agasajaron aquella noche. Fue justamente esa dramática pérdida del favor del público la que me conmovió: soy muy de llevar la contraria y además siempre me han inspirado ternura los pájaros que se caen del nido. (Si es que soy una blanda, coño).

Notas:

[1] : Si los contenidos de una modesta publicación local el contenido los marcan los intereses de los modestos anunciantes de la zona, imagínense que peso no tendrán los anunciantes en los grandes medios del pais.

[2] Hete aquí la tragedia del tramo bajo del Llobregat, una tierra fertilísima para el cultivo ahogada por masas ingentes de hormigón, por desidia de departamentos de planificación urbana y para beneficio de los especuladores del tocho.

[3] Incluso teniendo en cuenta que en Suecia han habido desde entonces algun que otro gobierno conservador, su Estado del Bienestar me sigue dando bastante envidia: No tendrán playa, sangría ni paella, pero ¡Diablos! ¡están planteándose reducir la jornada laboral de 8 a 6 horas!
He de reconocer que en otros aspectos, eso si, no se diferencian tanto de España.

[4] Si, fue un momento terrible, así como “Argh ¿Qué me ha pasado? No le he votado ni le votaré nunca y estoy de acuerdo en esto que acaba de decir”. 

[5] Como podría ser unas papatonas, unas olivicas y botellas de Xibeca.

Monday, February 16, 2015

Teníamos muchos culos pero…

… este año nos quedamos con este

Tuesday, January 13, 2015

Queso de bola

Hice bachillerato en un instituto de secundaria público. En el insti éramos gente variada: algunos iban a clase en moto y algunos íbamos andando. No vengo a decir que había diferencias de clase exageradas pero si que había quien tenía padres algo más afluentes que otros.

Recuerdo un compañero, S., no mal chaval pero tampoco excesivamente brillante. Su padre tenía un negocio de cristalería en el barrio que le iba bien, y las compañías de S. fuera de clase eran los típicos pijos de barrio con jersey de Privata (1). Una vez S. nos explicó, la mar de divertido, que él y sus amigos pijos iban a El Tajo Británico(2) a robar ropa de marca. No puedo responder por la reacción de todo el mundo ante esta gracieta, pero yo y algún que otro compañero encontrábamos poco presentable su acción, ya que una cosa es robar por necesidad y otra, teniendo dinero de sobras para comprar una prenda, hacerlo por "diversión".

Ya se que a los apolojetas del robo porque "otros roban más" les puede chocar que yo encuentre censurable un pequeño robo como ese. Entiendan que no tengo especial querencia por los grandes almacenes que los pijines escogían para sus traviesos safaris, pero el robar por deporte no me gusta, sea hacerlo por cantidad de un euro o por varios millones. Puedo excusar a quien lo hace por un caso de extrema necesidad, pero de no ser así, el hecho de que el mundo esté lleno de grandes chorizos no justifica eso: si robas, simplemente te unes a su club, aunque sea de manera porcentualmente ridícula.

Si piensas que estoy aquejada de pensamiento viejuno, te explicaré una historia que no tiene ni diez años: el hijo de unos amigos míos, entonces adolescente, fue de vacaciones a Holanda con un grupo de amigos. Una vez en Holanda, dos muchachos del grupo, a modo de bromazo, se propusieron guindar un queso de bola en un supermercado. Los pillaron. Acto seguido, pusieron a los maleantes amateurs de patitas en la frontera y con una ficha policial vinculada a su pasaporte que dificultaría futuras visitas al pais.

En honor a los padres de los chicos implicados, he de decir que, si bien a su parecer la expulsión de Holanda les pareció exagerada, entendieron que robar en un supermercado "por diversión" era sin duda una falta. Personalmente, yo creo que una multa hubiera sido más apropiada y más, teniendo en cuenta que era una primera vez. Vamos, que tambien a mi me pareció severa la expulsión del pais.

Pero luego pienso: Holanda es un lugar que desde hace mucho tiempo nos lleva la delantera en lo que a respeto por las libertades de refiere, podría empezar por los sefardíes que, tras ser expulsados de España, se establecieron allá hace siglos, y acabar con su tolerancia (pionera en Europa y el mundo) con el consumo de drogas. Que un pais que durante siglos ha acogido refugiados de todo el mundo y que está acostumbrado a un mayor régimen de libertades no tolere el robo de un queso por parte de unos guiris, da que pensar.

Pese a que el nivel de estado del bienestar holandés mejora al español, no sé si algún ciudadano holandés moderno se habrá visto en la necesidad de robar un queso de bola de una tienda, pero dudo que en su caso le expulsaran del pais: sospecho que la contundente ejemplaridad con los dos muchachos no era tanto un "prohibido robar" (que también) como "Turista: eres bienvenido como visitante, y estaremos encantados de que disfrutes de nuestro país siempre que ello no implique dar por saco a sus habitantes".

En fin, le estaba dando vueltas a estas cosas porque por un lado veo que nuestros empresarios de lo turístico ponen el grito en el cielo cuando se les cuestiona que hagan negocio potenciando un turismo gamberro y beodo en nuestras costas, y sin embargo, no veo que en otros paises tengan miedo a perder turistas cuando uno se pasa de la raya y le tienen que dar el toque: es lo que tiene diversificar la economía productiva.

En segundo lugar, sería interesante comparar los niveles de corrupción hispanos con los holandeses, y me pregunto que la diferencia entre unos y otros no vendrá marcada por la diferencia en el trato a los turistas que no tienen respeto a los nativos. Queda claro que en Holanda tienen claro su tradicional respeto a las libertades pero tambien tienen claro que hay líneas que no hay que sobrepasar, ni que seas un turista adolescente con unas relativamente inocentes ganas de cachondeito.

Ahí se lo dejo a nuestros bienamados empresarios de la Cosa Nostra Turística: hay paises que tienen turismo sin necesidad de bajarse los pantalones ni tolerar que el turista se mee encima de tus paisanos.

Nota:
(1) El jersey de la Marca Privata, era en los 80 el distintivo del pijo o peor, del pijo de barrio "quiero y no puedo" que sin duda era despreciado por los pijos pata negra de los barrios altos.
(2)No soy fan de estos grandes almacenes pero tampoco quiero hacerles publicidad

Wednesday, January 07, 2015

Sit down, you're rocking the boat?

Cuando cursaba EGB en un colegio de monjas de no muy agradable recuerdo, las alumnas teníamos una especie de red de lecturas clandestinas, entendiendo por ello revistas no aceptables a los ojos de las hermanas para la correcta formación de nuestras tiernas mentes infantiles o pre-adolescentes. Estas perniciosas lecturas solían ser devoradas en grupo y en algún rincón del patio alejado del control de monjas o maestras de guardia.

Yo solía detestar las más habituales (imagino por su caracter alienante y enmarujante), que eran el SuperPop y el Nuevo Vale (una versión junior de la revista Pronto). Yo solía traerme el Fotogramas (1), que en una ocasión en la que traía un reportaje sobre ídolos pop juveniles de la época y que las compañeras me dejaron destrozaíca, ante mi estupefacción ¿como era posible que les gustara más Pedro Marín que Frank Sinatra o Los Beatles? (Nací con gustos viejunos, lo confieso).

El caso, es que a veces se colaban otras revistas aún menos recomendables, pongamos Interviu y alguna que otra revista de adultos por el estilo. Recuerdo que en una de ellas leí una historieta de Wolinski sobre la evolución de la pornografía: empezaba con el fotógrafo solicitándole a la modelo que mostrara un pecho y en las siguientes viñetas, la modelo se iba desprendiendo de su ropa ante la exigencia del fotógrafo de que aquello era "lo que atraía a los lectores", llegando al punto de exigirle mostrar la parte interna de sus genitales. Al final, el fotógrafo concluía que habían llegado a un punto en el que "lo que en realidad va a atraer a los lectores es una imagen de un intelectual leyendo": viñeta del fotógrafo en pelotas sujetando la revista, con la modelo, ahora vestida, haciendo la foto.

También recuerdo una de las peores fotos a doble página que he visto en la vida, que aparecía en un Interviu que una compañera había traido y que mostraba el cadaver del conserje del edificio en el que se ubicaba la redacción de El Papus, tras la explosión de un artefacto enviado por unos terroristas ultras para vengar la afrenta que para ellos suponía la existencia de aquella revista satírica.

Portada de El Papus de los 70 perfectamente aplicable a nuestros días

Fue un atentado sin culpables, sin condenas, sin juicio, con un muerto y 17 heridos que nunca recibieron indemnización ni reconocimiento como víctimas del terrorismo. Dato curioso, el ministro de Interior en aquella época de modélica transición era Rodolfo Martin-Villa, un individuo que tras su retirada de la política ha conocido esa dolce vita de los altos despachos de grandes empresas (ese premio a la gente que sabe arrimarse a buen árbol). Me parece significativo que la única vez que a este tipo se le han pedido cuentas ha tenido que ser desde un juzgado argentino (aquí nunca hemos cuestionado que tras la muerte de Paquito todo el mundo se despertara, de un día para otro convertido en "demócrata de toda la vida", y así nos luce el pelo).


Haz el amor y no la guerra, mira que el slogan tiene años, y ni con esas

Sólo os recomendaré ver el reportaje El Papus. Anatomía de un atentado en este enlace: Me resultan curiosas las declaraciones de algunos personajes que dicen la mar de panchos que la revista, para ellos, era tan deleznable, que sin duda el atentado era un castigo merecido a tanto descaro jipicomunista, aunque ojo, se apresuran a añadir, que-conste-que-yo-no-tuve-nada-que-ver-eh.

En fin, ya me disculpareis por la perorata, pero hoy, y con intencion similar a los autores del atentado a El Papus, unos cabrones sin sentido del humor han asesinado a 12 personas, entre ellas Wolinsky y varios compañeros de redacción de Charlie Hebdo. Cantaba Stubby Kaye en Ellos y ellas que yendo en bote al Cielo, mejor no liarla para no volcar pero hoy, francamente, no estoy de humor para mantenerme en el asiento.
Notas: (1) Por aquel entonces de periodicidad semanal.

Thursday, June 05, 2014

Las puertas de Balawat

Imagen: M.chohan, Wikipedia Commons

Me pasó hace años en Londres, visitando el Museo Británico.

Entre dos enormes toros alados, me encontré delante de un inmenso portón con tiras decoradas en brillante bronce grabado, una reproducción de las puertas de Balawat. El cedro de la puerta era cálido: una se pensaría que podía traspasar la puerta y acceder al interior de un templo asirio.

A ambos lados de la puerta, dentro de unas vitrinas, se encontraban las bandas de cobre originales, los únicos restos de lo que fue en su momento el imponente portal. En aquellas bandas en gris verduzco, medio devoradas por el tiempo, se hallan representadas escenas en las que dioses y hombres cazaban, guerreaban y festejaban hace casi treinta siglos.

Me sentí por un momento ligeramente mareada, como si mis pies se trocaran en polvo: aquellos goznes habían sido traspasados por gente que se había desvanecido hace miles de años. Yo misma estaba viva en aquel momento y también estaba muerta ya, allá en el siglo L.

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Imagen: Wikipedia Commons

Me pasó hace años, en Montjuïch.

Era invierno y ya había anochecido: Yo, mis hermanas y mis padres bajábamos en coche en dirección la Recta de L'Estadi. Todo estaba oscuro salvo por alguna ocasional farola y las luces del 850. De repente, en una esquina, rodeado de tres personas que no parecían darle la menor importancia, vi un caballo blanco con alas. Las alas eran pequeñas, casi más propias de un putto que de Pegaso, pero se movían con naturalidad, con el gesto que tienen las grandes aves que acaban de aterrizar y se acomodan en su puesto: el corcel las movía como si fueran parte de su cuerpo y no un añadido carnavalesco.

Nadie en mi familia pareció notar o ver nada extraño, ni me lo han mencionado nunca ¿Acaso fui la única que lo vió y lo recuerda? El caso es que desde entonces siempre he creído en caballos alados y no pierdo la esperanza de volver a ver alguno, alguna otra noche, en una carretera oscura.

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Me pasó hace años, en una carretera nacional del Norte de Francia.

Viajaba con unas amigas desde Barcelona: íbamos hacia Inglaterra y nos habíamos puesto de acuerdo para compartir viaje y gastos de gasolina. Sólo una de nosotras tenía carnet y tras muchas horas al volante, ya de noche cerrada, paramos en el arcén para que ella pudiera descansar unas horas. Los campos de alrededor estaban cubiertos por una ligera neblina.

Yo ya había echado una cabezadita por la tarde, así que permanecí un rato despierta escrutando las tinieblas, en las que se alzaban, iluminadas a lo lejos, las dos columnas del Memorial de Vimy, erigido allá donde en 1917 se libró la batalla para tomar la cima del promontorio: muchos soldados canadienses y alemanes pasaron a ser parte de la geografía en aquella ocasión.

No ví ningún batallon fantasmal avanzando entre la bruma hacia el lugar donde antaño se hallaban las trincheras enemigas. De tanto en tanto pasaba por nuestro lado algún camión y el rugido de su motor se convertía en un rumor que más que alejarse en el horizonte, parecía ahuecarse y mutar en un aullido lejano, como si se adentrara en algún tunel invisible, que tal vez conduciera a algún otro lugar en el espacio y el tiempo. Con esta idea me quedé dormida un rato hasta que reanudamos el viaje en la madrugada.

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La Pioneer 10, aventurándose audazmente allá donde no ha llegado ningún humano (Imagen: nasa.gov)

Me pasó hace años en el pequeño piso de Pubilla Casas en el que vivía con mi familia.

Estaba en la cocina con mi madre y por la radio anunciaron que la sonda Pioneer 10, la primera nave espacial lanzada por la humanidad que había traspasado con éxito el cinturón de asteroides, nunca regresaría a la Tierra: Tras pasar cerca de Júpiter, proseguiría su camino hacia los confines del sistema solar y se perdería para siempre en el espacio.

La noticia estaba acompañada por una hipnótica pieza de música electrónica. Posiblemente mi memoria no es exacta, pero creo recordar que el locutor (¿o tal vez locutora?) mencionó que ese tema era una canción compuesta en honor a aquella nave. Recuerdo el tema como algo entre Laurie Spiegel y Delia Derbyshire… Nunca he vuelto a escuchar esa canción, así que a lo mejor no era de ninguna de ellas, podría ser que no fuera un tema compuesto expresamente para la Pioneer 10, o quizás esa música, tal como la recuerdo, no exista más allá de un tramposo rincón de mis neuronas.

Saber que la pobre Pioneer iba a vagar para siempre por el cosmos, lejos de su hogar, me llenó de congoja: tendría unos 6 años, me ponía en el lugar de la sonda espacial y me angustiaba la tremenda soledad a la que se enfrentaba a partir de entonces. Mi madre, mientras tanto, cocinaba indiferente a tan trágico destino. El 2003 nos llegó el último saludo de la heroica nave: A partir de ahí prosiguó en silencio su deriva sideral.

La Pioneer 10 llevaba una placa grabada a modo de saludo por si casualmente se encontraba con alguna civilización extraterrestre capaz de interpretar sus estilizados grafismos que sintiera curiosidad en conocer la procedencia del trasto. Las subsiguientes misiones Voyager llevaron consigo un disco con una selección de sonidos terrestres por si esos posibles aliens tenían la capacidad de percibir sonidos. En el hipotético momento en el que la placa o el disco encuentren una audiencia, es dudoso que sigamos existiendo como civilización: tal vez incluso nuestro planeta haya desaparecido engullido por el sol.

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Pues si, menudo cascarón para aventurarse por el Atlántico (Imagen: timedesign.de)

Me pasó hace años de paseo con mi padre por el puerto de Barcelona.

Subimos a la caravela Santa María, que, tontaca de mí, yo pensaba que era la auténtica y genuina con la que Colón se fué a América (en realidad, era una réplica hecha para la película Alba de América).

Mi padre pagó dos billetes y yo, muy inocente, creía que la caravela hacía viajes de Barcelona a América de la misma manera en que Las Golondrinas hacían trayectos hasta el Rompeolas. El caso es que andaba preocupada, porque el barco se movía mucho, las olas hacían crujir su madera y mi padre sólo llevaba en la mano la bolsa de deporte que usaba para hacer compras en la ciudad, que yo juzgaba insuficiente para un viaje de semejante envergadura.

Para acabarlo de empeorar, no íbamos con mi madre y, así entre nosotros, por mucho complejo de Electra que una pudiera tener a esa tierna edad, irme sola a América con mi padre me parecía que era pasarse de la raya. Fijaciones freudianas si, pero dentro de un orden.

El caso es que al bajar del barco me di cuenta de que no habíamos comprado un billete para ir a América, sino una entrada para visitar la Santa María ful: Yo que estaba convencida que por unas pocas pesetillas podías cruzar el charco. Jobar, que plancha.

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Estamos en el puntito claro en la banda amarillenta de la derecha: Hemos salido guapetes ¿eh?

Regreso al tema de las exploraciones espaciales para acabar: En el comité de científicos que creó la Placa de las Pioneer y la grabación sonora de las Voyager estaba Carl Sagan. Sagan, al ver la foto que la Voyager 1 tomó de nuestro planeta desde la nada desdeñable distancia de 6.000 millones de kilómetros, describió a nuestro planeta como un punto azul pálido en la inmensidad del espacio.

Como explica Sagan al encajar la historia de nuestro universo dentro del periodo de un año, la historia escrita de la humanidad solo és una pequeñísima parte del tiempo transcurrido desde el Big Bang. Dentro de ella, la parte que comprende nuestras recientes exploraciones del espacio es infinitesimal.



Mi madre, que estaba conmigo en la cocina cuando supe que la Pioneer estaba condenada a vagar por el espacio pa los restos, y mi padre, con quien creí estar a punto de irme a América, ya no están conmigo desde hace tiempo. Ahora, mientras acabo de editar el texto, me pellizco para cerciorarme de que sigo aquí: No sé si en el preciso momento que leas esto seguiré del otro lado de la red, a decir verdad, no puedo predecir lo que pasará en los próximos 15 segundos: Somos como el conejo blanco que corre de lado a lado porque no llega a tiempo.

Apreciado/a Lector/a, no deja de ser un pequeño milagro que nos encontremos aquí: Te saludo desde el punto espacio temporal en el que acabo de componer esta entrada, allá donde te encuentres, ya sea en los confines del espacio profundo o desde las puertas de Balawat (eso, claro, si tu navegador tiene un traductor a cuneiforme)

Alas, the lovely garden, placed high above the coast
Is built on crumbling rock. Landslides
Drag parts of it into the depths without warning. Seemingly
There is not much time left in which to complete it.

Bertolt Brecht

Coda:"Lu-ces que se encien-den en la in-men-si-dad"

Wednesday, May 28, 2014

Multiatareada (I)

Ah, ah... En esta ocasión no tengo el blog dormido a causa de la pereza, un ataque de devastadora melancolía o mi eterna guerra con el trastero.

Por una vez, tengo el blog paradete por estar haciendo otras cosas que no sea intentar llegar al nivel 3 del tetris, dedicar un exceso de horas a la jornada laboral o tener fantasías excitantes pensando en estanterías, ah...

Básicamente, reseñas de libros bien chulos en Tanyible, ahí van:

:: En la noche y entre los hielos, la epopeya del Fram explicada por Fridtjof Nansen. Lectura llena de témpanos ideal para refrescarse en verano.

:: Historia de una rata mala, un excelente comic de Bryan Talbot sobre un tema sensible y más de actualidad de lo que me gustaría.

:: No es el único libro que me he leido sobre la célebre diseñadora de Hollywood, pero si el más completo: Edith Head de Jay Jorgensen.

:: Hablando de Modern Girls, Shining Stars, The Skies of Tokyo. 5 Japanese Women en la que Phyllis Birnbaum nos presenta a 5 japonesas poco convencionales.

:: Sospecho que se me nota que me gusta mucho Patlabor de Masami Yuuki, ejem

:: El diente de la ballena, una crónica de viajes exóticos sin tour-operator, de Chema Rodriguez

:: Lo más reciente de Jaime Hernández: Un regreso al universo de Hoppers que marcará época en los cómicsThe Love Bunglers

:: Sobre Deshielo y ascensión, trepidante novela de ciencia ficción de Álvaro Cortina Urdampilleta

:: Recordando a Jaroslav Hašek y su crónica de las hazañas de Josef Schweijk, el bravo bohemio. Y... eso es todo por el momento, amigos/as.

Wednesday, March 26, 2014

La economía es un churro


No se si me gusta el caviar. Ya se que hay a quien le gusta comérselo a paletás, pero nunca he tenido la ocasión de catarlo, cosas de ser mileurista/inframileurista, un status que sin duda a tipos como Isak Andik o Juan Rosell les parece una vida de un lujo insultante más propia de un sátrapa oriental que de un currito como Dios manda. No sé si ellos han probado alguna vez el caviar beluga pero tengo la ligera intuición de que puede ser que si.

Sin embargo, no haber probado el caviar no me altera el ánimo, ya que, si he de fiarme de la descripción de Ivá, no me estoy perdiendo nada del otro mundo: en una historieta en la que Makinavaja se cuela en una fiesta de ringo rango, su colega Popeye, tras probar una tosta con huevas de esturión, ofrece disgustado el siguiente veredicto, "¡Esto sabe a chichi de puta mal lavao!", tras lo cual, una se queda feliz y contenta de ser una chica humilde de las de bocata de sardinas.

Lo que no quiere decir que una no tenga sensibilidad gastronómica, que la tengo: a mí, por ejemplo, me gustan los churros, pero mucho. Aunque sea una cosa nada recomendada por médicos y dietistas, es una delicia apta para todos los públicos y que esperemos que no sean exageradamente deconstruidos por la modernidad gastronómica (Mientras no los toque Ferran Adrià, mes amis et amies, podemos estar seguros de ello). Pues eso, que me gustan los churros y las porras (las de comer, no estas) y que de tanto en tanto me doy el gusto de desayunármelos.

Pues bien, en una de estas ocasiones estuve charlando con mi churrera de cabecera sobre la crisis. Ya saben que esta crisis la tenemos porque los pobres hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y tal, o al menos eso nos aseguran, un día si y al otro también, la oligarquía económica y sus esbirros como si fueran un disco rayado. La churrera tomó el negocio de una pareja que se jubilaba y además de seguir haciendo churros y porras, ha renovado el local, ha puesto terraza y ha ampliado la carta, ofreciendo también crêpes. El caso es que base de mucho trabajo ha mantenido el local a flote en estos años: Hablando sobre la crisis, ella me explica que claro que la ha notado en los últimos años, que hasta una cosa tan modesta como el churro pasa a ser un pequeño lujo y que la gente ya no compra los fines de semana como solía.

Entonces, se me acerca para hacerme una confidencia: "mira, te podría hablar de unos clientes que...", se para y baja la voz "... Una familia que eran clientes míos, antes de la crisis, venían todos los domingos a comprar un paquete de churros para almorzar con sus hijos", pausa, mira que no va a entrar nadie en ese momento y prosigue: "Al llegar la crisis dejé de verlos hasta que un día... Hasta que un día vi a los padres buscando comida en un contenedor" me confiesa con tristeza.

Ahora háganse un mapa de la situación: la gente, que es derrochona, va comprando churros por encima de sus posibilidades y claro, por su culpa la economía se va al carajo.

No estamos en crisis porque alguien dijo en su momento que este era el país europeo donde era mas fácil hacerse rico y para demostrarlo desahució la industria de tipo productivo para crear una economía de base financiero-especulativa sólo apta para tiburones.

No estamos en crisis porque alguien dijo que iba a liberalizar la economía para que el libre mercado hiciera fluir la riqueza, y por ello entendió que le tenía que regalar las empresas a antiguos compañeros de pupitre (y ya pueden imaginarse hacia qué bolsillos fue a fluir la riqueza).

La crisis no viene de ahí, no señor, aunque haya gente que le enseñe la alpargata a los arquitectos del pelotazo, a donde vamos a parar, ya tienen razón nuestros próceres y sus voceros de la prensa de decir que eso de enseñar la alpargata a la gente es de muy mal tono, lo que hacen las personas educadas y finas es estafarle a la gente sus ahorros de toda la vida. Posíblemente, estos ahorradores estafados serían más maleducados que el diputado Fernández, y de tener al estafador ante sus narices, no le enseñarían la alpargata sino que se la incrustarían por algún orificio corporal (Pista: no sería por la Trompa de Eustaquio) para acto seguido embrearlo, emplumarlo y expulsarlo con gran jolgorio del término municipal. Gente bárbara y sin modales, ya les digo. No, hay que ser cortés con estos caballeros estafadores: lo que hay que hacer es darles luna segunda oportunidad para que sigan esquilmando a incautos.

Que estamos en crisis porque la gente se compraba churros los domingos...¡Acabáramos!

Wednesday, January 15, 2014

L'Eternel Masculin

Pasados los días de polvorones y los turrones, andaba reflexionando sobre la primacía de los anuncios de perfumes, que parecen formar el contingente más notable del bombardeo publicitario navideño (en horario de máxima audiencia, se entiende, ya que en el infantil siguen reinando los pérfidos anuncios de juguetes). Siempre se me ha antojado un tanto curiosa esa preeminencia publicitaria de las fragancias de diseño... ¿Por qué? ¿Por qué tanta colonia? ¿Acaso la gente se ducha menos en esas entrañables -pero invernalmente heladoras- fechas y es una manera de camuflar las pocas ganas de asearse? Esa era mi primera hipótesis, pero claro, entonces veo que en los anuncios de colonia van las señoras y los señores, no sé, pues como pidiendo guerra, y he llegado a la conclusión de que los publicitarios quieren colarnos el mensaje de que precisamos echarnos chorretones de colonia por encima si nuestro objetivo es fornicar cual lepóridos.

Y divagando sobre el tema, pues se pregunta una ¿Qué es lo que me atrae de los hombres? ¿Necesitan realmente rociarse con extracto de caca de cachalote para resultarme atractivos o soy capaz de apreciarlos por su belleza interior? ¿Ayuda si son fuertotes y peludotes o les dejo depilarse ni que sea el entrecejo? ¿Los prefiero brutos o sensibles? ¿Les dejo llevar chanclas con calcetines de tenis o sólo les acepto si llevan oxfords con calcetines oscuros de algodón egipcio? Ach, Männer, Männer... Con el fin de aclararme las ideas, he decidido hacerme una lista surtida de hombres para determinar la esencia de l'eternel masculin en la que habrán hombres terribles, hombres atractivos y tambien hombres... *sigh* terriblemente atractivos.

No estan todos los que son por falta de tiempo y espacio, pero sirva como muestrario de preferencias personales: si les parece una selección bizarra, que le vamos a a hacer, la verdad es que me trae sin cuidado, que después de ver como muchas mujeres a mi alrededor declaran con entusiasmo haber disfrutado de (urgh...) "50 ñordas de Grey", que básicamente es un cutre-fan-fiction de una saga ¿literaria? vampírica más mala que un dolor de barriga, una se ha quedado sin complejos y se considera una persona de gusto exquisito cual porcelana de Sevres ¡Hala!


Charles Laughton
Come on baby, light my fire

Si es Vd. un visitante habitual, sabrá que este hombre preside mi Panteón particular: Atrévase a minusvalorarlo y le voy a emplazar a discutirlo en la calle, eso si, respetando las reglas del Marqués de Queensbury (pero ninguna más, que lo sepan).

No me voy a centrar en su más que notable trabajo como actor y director, es algo sobre lo que supongo, es más, **espero** que Vdes. ya están informados, ejem, así que me voy a centrar en su faceta de héroe homérico luchando contra los designios de los dioses: Porque este hombre no estaba destinado a ser lo que fue y se lo tuvo que currar cuesta arriba. Sus padres eran hosteleros y a base de mucho trabajar pasaron de tener una fonda de estación a uno de los mejores hoteles de la turística Scarborough, y Charlie, como primogénito, estaba destinado a seguir al frente del negocio, pero a él no le iba la hostelería, lo que le gustaba era el teatro: Los empleados del hotel recordarían las devastadoras imitaciones que su joven gerente hacía de los clientes más difíciles (una forma curiosa de terapia en el entorno laboral) (1).

Tuvo que ser una debacle la que le hizo plantearse el teatro en serio: Él diría años más tarde que lo que puso en marcha su carrera de actor fueron "la guerra y un acto de Dios". La referencia a la guerra es un tanto críptica y no tengo más datos respecto a cual fue su particular epifanía en las trincheras de Picardía ¿Fue la percepción de que la vida del comediante no es tan precaria si la comparas con la total incertidumbre que experimenta un soldado en las trincheras? ¿Tal vez, como el protagonista de Los viajes de Sullivan, experimentó el efecto positivo de una buena pantomina en el ánimo decaido del combatiente? Yo especulo que tal vez el destino truncado de un antiguo compañero de estudios con grandes dotes de actor le hizo ver que si él había sobrevivido a los gases tóxicos o las ametralladoras alemanas, tenía que aprovechar la ocasión que el destino la había dado (ocasión negada a incontables hombres de su generación).

Aún así, se limitó por el momento a la escena amateur, creando fricciones en su familia, que consideraba el hobby del heredero como una pérdida de energías... Y aquí llega el "Acto de Dios": Su hermano Tom, en funciones de mediador entre él y sus disgustados padres, le espeta que si él fuera el mayor se tomaría sus responsabilidades más en serio: Charles ve que se lo ponen huevo y nunca Esaú aceptó con mayor alegría un plato de lentejas, ya que Charles le cede sin pestañear a Tom su derecho de primogenitura. Tom queda tan sorprendido que con su mejor buena fe le ofrece a Charles guardarle el sitio hasta el día en que se canse de la farándula... La respuesta de Charles es contundente "Nunca volveré Tom, antes me encontrareis tirado en una alcantarilla" y sale al encuentro de su destino sin mirar atrás. Por supuesto, no acabó tirado en una alcantarilla.

Baste con añadir que, luciendo un físico con el que cualquier otro actor se hubiera contentado con llevar a cabo una carrera de característico, Laughton llegó a ser estrella de primera magnitud haciendo papeles de protagonista, tanto en Hollywood como en su Inglaterra natal. Su espectacular éxito, por cierto, topó con cierta reticencia por parte de una buena parte del establishment teatral británico. En la temporada del Old Vic 1933-34, por ejemplo, Laughton renunció durante un buen número de meses a sus suculentos emolumentos californianos para hacer realidad uno de sus sueños de toda la vida: interpretar a Shakespeare en el Old Vic, templo del teatro no comercial, y pese que Laughton fue capital en conseguir una buena afluencia en taquilla y también a conseguir financiación extra de terceros (2), fue tratado de manera bastante discutible por los snobs del consejo regente del teatro, que resentía la presencia en sus sagradas tablas de "una estrella de Hollywood" (sin tener en cuenta que lo que había llevado a Laughton a triunfar en la costa del Pacífico era precisamente su alta competencia como actor teatral en Londres y Broadway).

Hoy, por supuesto, en el Old Vic están encantados de estar dirigidos por Kevin Spacey, que curiosamente es un actor de cine, americano y estrella de Hollywood. Lo que se debe estar riendo Charles, desde el Olimpo, y ya saben, quien rie el último...

Germain Grandpin

"Tudieu!! Ventre de biche!!"

Cuando lo conocemos por primera vez en la serie "Masquerouge", Germain es el servidor y acompañante de la joven baronesa Ariane de Troïl: paternalista y gruñón, su cruz es ser rescatado de continuo por la misma Ariane, quien siempre lo saca de apuros oculta bajo una capucha roja, y es lo suficientemente sensible como para no desvelar su identidad y hundirle la moral al pobre Grandpin. Parte Sancho Panza, parte Capitán Haddock, los autores Cothias y Juillard nos lo presentan posteriormente en "Las 7 vidas del gavilán" bajo una óptica bastante menos amable, mostrándonos su juventud de soldadote bravucón y pichabrava en la Guardia Real, en donde llega a lo más alto y cae a lo más bajo: Pasa de acompañar como guarda personal a Henri IV en sus visitas a lupanares parisinos(3) a ser encarcelado por no haber evitado la muerte del Borbón a manos de Ravaillac.

Al salir de prisión, Germain decide dejar atrás el aire malsano de la ciudad y marcha a las provincias, hacia el castillo del señor de Troïl, con la idea de ponerse a su servicio. En el camino encuentra a una damisela en apuros a punto de ser forzada por dos bribones. Nuestro matamoros, despues de liberarla de tan deshonroso infortunio, no tiene mejor idea que tomarse como recompensa la virtud de la moza... Pero ¡Oh! La muchacha resulta ser Ariane, la hija del Barón de Troïl (Cagada pastoret!), quien decide callar la afrenta para chantajear a su acojonado visitante y obtener clases de esgrima a cambio. Tras una reyerta local que deja a la chica sola en el mundo, Germain se autodesigna protector de la moza, por no fallar a la promesa hecha al Barón de protegerla, por arrepentimiento de habersela pasado por la piedra sin su consentimiento y tambien, para que negarlo, porque está fatalmente encoñado con la joven baronesa.

Ariane desaparece al ir enfrentarse a su predecesor bajo la máscara escarlata, que no es ni más ni menos que el antiguo mentor de Germain en el ejército, el bravo pero torturado Gabriel de Troïl. Para complicarlo todo más, resulta que Gabriel es tambien el verdadero padre de la baronesa. Germain atravesará el Atlántico nada menos que tres veces para aclarar lo que pasó con ella y acabar por reencontrarla (detalle que le debemos a Juillard que le insistió a Cothias no dejar el destino de ambos en manos de Léonard Langue-Agile), por si el detalle de cruzar el charco tres veces no os parece lo suficientemente épico, digamos que una vez vuelve a ver a Ariane, Germain renuncia a ella por que está casada con su amigo Beau, aún sabiendo que a Beau le va más la carne que el pescado... Con lo cual la epopeya se podía seguir complicando hasta extremos inverosímiles si no fuera porque nuestros tres personajes son lo suficientemente razonables como para ver las ventajas largo plazo de un menàge-a-trois bien planteado, y de paso asumir el legado justiciero del Gavilán/Masquerouge. Por cierto, dudo que tal situación se hubiera planteado con tanta naturalidad si el tebeo se hubiera creado o publicado en otro pais que no fuera Francia: ¡Tome nota de la sabiduría de sus autores de BD, Monsieur Hollande!

Aprovecho para decirles que Cothias y Juillard vuelven a reactivar la saga del Gavilán con una tercera entrega, de nada.

Cary Grant
Macho, macho man!

Si vuestros padres os regañan algún día y os dicen "¿Sabes como acabaras si no te aplicas y no acabas los estudios?" siempre les podeis contestar que si, que podeis acabar debajo de un puente, pero tambien podeis acabar como Cary Grant.

Archibald Alexander Leach abandonó su Bristol natal sin acabar la secundaria para unirse a una troupe de saltimbanquis y más tarde convertirse en, posiblemente, el hombre más elegante del mundo, el galán más galansote y una de las más rutilantes estrellas del firmamento de Hollywood: No es desaforado buscar la sombra de Cary Grant en modernas recreaciones del dandy como Don Draper, aunque no dejan de ser pálidos reflejos... En honor a la verdad hay que decir que hasta a Cary Grant hubiera gustado ser Cary Grant(4).

Pero como Zamora, Cary Grant no se hizo en una hora. Al llegar a Hollywood, Archie no era más que una de los muchas caras bonitas que aspiraban a hacerse un lugar en la meca del cine: la forja de Cary Grant fue lenta pero sólida. El joven Grant se deja querer y se deja asesorar, entre sus mentores encontramos, por ejemplo al diseñador de vestuario Orry Kelly o la explosiva e inteligente Mae West, que supo ver el diamante en bruto que tenía enfrente y procedió a encarrilar al joven aspirante de camino a mejores empresas.

Grant encuentra finalmente su filón en la comedia. Considerado por las actrices con las que trabajaba como una perfecta pareja cinematográfica, él sabe complacer a sus damas de la pantalla y se construye una imagen de pícaro encantador, cuando no de despistado encantador, siempre irresistible, capaz de soltar diálogos cual metralleta o tartamudear al ritmo exacto para que sus partenaires puedan insertar su réplica en el hueco preciso.

Aunando su adquirida elegancia y su entrenamiento juvenil como volatinero, Grant crea el personaje del ganso adorable, que nos enamora pero que también nos hace reir, alguien que aun siendo un hombre al que se supone misterioso y peligroso, nos relaja tanto que al final no nos importa lo más mínimo que haya puesto matarratas en el vasito de leche. Mientras a otras estrellas les producía un horror cerval traicionar su imágen de ídolos impecablemente masculinos, a Grant no le quitaba el sueño aparecer en situaciones ridículas o ser el macho sobrepasado por hembras que llevan los pantalones com más aplomo que él. Nadie tropieza y se pega un trompazo con más gracia que Cary Grant, y eso le hacía más atractivo que muchos galanes que nunca se atreverían a ser vistos resbalando con una piel de plátano en la pantalla.

Cary Grant haciendo el ganso. Observen esa expresión de Ingrid en plan "¡Te vas a enterar cuando lleguemos a casa!"

Eric von Stroheim
Stroheim en "Esposas frívolas", pidiendo candela

Como en el caso de Cary Grant, Stroheim creó a su propio personaje, aunque mientras Grant recibió alguna sugerencia para construir al suyo, el personaje de Stroheim se debe entera y únicamente a su propia mano: En Ellis Island, el joven Eric deja de ser hijo de un sombrerero judío para convertirse en un ex-oficial de caballería de sangre azul, y por supuesto gentil, el hombre marcial y refinado que Stroheim nunca pudo ser en Viena.

Aun así, con el "von" recientemente añadido entre su nombre y su apellido, Stroheim pasará sin excesivo éxito por una variedad de trabajos de poca monta hasta que llega a Hollywood a trabajar como extra, donde se convertirá el villano más cotizado del cine mudo. Más allá de sus papeles a las órdenes de otros encarnando al huno implacable y odioso (“the man you'll love to hate”, a decir de los slogans), Stroheim le añadió en sus propias películas matices que hacen de su personaje la encarnación de la Viena (y por extensión, la Europa) que dejó atrás: decadente, brillante, exquisita y perversa, en el cúlmen de su esplendor y al borde del cataclismo.

Su meticulosidad para los detalles, y su tendencia en hacer las cosas a lo grande le granjearían la enemistad de los productores: La reproducción del casino de Montecarlo en "Esposas Frívolas" fue tan costosa que pese al exito de la película, sus siguientes producciones nunca constarán con la total aprobación por parte de las cúpulas de los grandes estudios. La mutilación en la sala de montaje de "Avaricia" certifica el divorcio definitivo entre sus aspiraciones artísticas y los designios de los magnates de Hollywood, y sólo dirigirá tres películas más, continuando su carrera como actor en producciones europeas y americanas. El Hollywood santurrón que impone el código Hays no dejará espacio para Stroheim y su descarnada visión de la humanidad.

Billy Wilder le dió la oportunidad de volver a ponerse tras la cámara, aunque en la ficción, en uno de los finales más acongojantes de la historia del cine: no sé que me desgarra más en esta escena, si la locura de la Desmond, las inesperadas lágrimas de la despiadada Hedda Hopper o Eric von Stroheim diciendo Por última vez "Cámaras... Acción!"

"Life can be strangely merciful..."

P.D.: Ya que estamos metidos en harina, declaro que "Avaricia" debería emitirse en horario de máxima audiencia, e incluso en horario infantil, cuanto menos una vez al año, Tal vez así nos libraríamos en el futuro de burbujas inmobiliarias, burbujas financieras y otras trampas similares en las que cae gente poco avisada de los peligros de la codicia.

William Gull
"Mumble, mumble, ¿En dónde me había quedado?"

Me refiero, por supuesto, al doctor pergueñado por Alan Moore y Eddie Campbell en su magna ficción victoriana "From Hell". Eddie Campbell ya se ocupó de puntualizar la diferencia entre el sombrío villano de su obra y William Withey Gull histórico: "Siempre quise imaginar que nuestro William Gull es una ficción que casualmente comparte nombre con alguien que realmente existió".

Más que un prototipo masculino, Gull es el guardian de las esencias de la masculinidad ¿Que las sufragistas empiezan a cuestionar la preeminencia del macho? Pues nada, aprovecho que Victoria Regina me encarga tapar un asuntillo de faldas de la familia para realizar un acto ritual que asegurará la supremacía de los dioses solares, hala.

Descrito por lain Sinclair como "Sidney Greenstreet tras un cursillo en la Abadia de Thelema", Gull es un tipo inquietante que bajo una superficial bonhomía, no puede ocultar que, en palabras de Moore, ve al resto de la humanidad como simples paramecios. El buen doctor suelta hipnóticas peroratas sobre la arquitectura de Londres mientras admira los obeliscos que en petrificada erección honran a los dioses solares. Bajo su impecable indumentaria de cirujano real, da la impresión de tener sus pies echando raices hacia un lugar oscuro y profundo que ningún hombre cuerdo se aventuraría a hollar, porque Gull no es un hombre cuerdo, es un demente poseído por su misión, absorto y maravillado cuando es presa de las visiones que tiene cada vez que comete un asesinato: Como un druida en trance, cuchillo Liston en mano, Gull ejecuta a sus víctimas con la curiosidad del científico y la brutalidad de una bestia calibanesca.

Quizas lo peor de todo ello es que llegamos a compartir su perturbada visión, y somos abducidos por ella: Cuando él arenga, con las mangas ensangrentadas, a los indiferentes oficinistas del siglo XX, nos dan ganas de subirnos con él a la mesa y despertar a esa panda de zombis, aun sabiendo que no es una mesa, sino una humilde silla en ese mísero cuartillo de alquiler en Miller's Court que él ha convertido en epicentro del horror, "Your days were born in blood and fires, whereof in you I may not see the meanest spark! Your past is pain and iron! Know yourselves! ... I am with you always!". Junto con él somos cegados por esa luz deslumbrante en la cima que ha alcanzado, sabiendo que sólo nos queda regresar al valle oscuro tras la revelación en la cumbre, presos de una melancolía de corte postcoital tras el crimen.

Quizás la más inquietante revelación que nos hace Gull es cuando nos explica porque no podemos despreciar a los dioses, porque los dioses existen dentro de nuestro cerebro: ante la potencia de tal argumento he de decir que tuve que dejar de ser atea tras leer "From Hell": "The only place Gods inarguable exist is in our minds where they are real beyond refute, in all their grandeur and monstrosity. What's Mars but mankind's violent attributes personified? Or Aphrodite, save mankind's desires?"

(Por cierto, ojo si vais a ver la Pseudo-adaptación fílmica del cómic de Moore y Campbell: el guionista, con Ian Holm como cómplice, reducen al descomunal Gull del cómic a una especie de Hobbit que aspira ser el favorito del profe, sin el tour londinense, sin la arenga a los chupatintas del futuro, ¡Qué manera de echar a perder un personaje, por Jahbulon! )

George Sanders
Sofisticado hombre de mundo, mirándote de arriba a abajo

Para el cinéfilo, siempre será Addison DeWit, el crítico de teatro absolutamente destroyer aunque impecablemente exquisito en sus maneras, un tipo enormemente cínico y tan cabrito como elegante, aunque quizás el marido desganado de "Viaggio in Italia" sea tambien un personaje cercano a su propia esencia.

Aunque muchas biografías le definen como británico, Sanders era Ruso de San Petersburgo: sus padres pernetecían a acomodadas familias británicas asentadas en Rusia. No estaría de más mencionar los orígenes de su padre, que según el propio George, "llegó por correo", y a decir de su hermana Margaret, era en realidad el resultado del desliz de un aristócrata de alto rango que fue dado en adopción... De ser así, y dado que los Sanders tuvieron que abandonar Rusia durante la revolución, George tiene algo de príncipe destronado: Para él, el recuerdo de su despreocupada infancia será el de una Arcadia perdida e irrecuperable(5).

Tal vez de ahí esa patina de tipo poco interesado en el devenir de las cosas y poco inclinado a implicarse con el resto de la humanidad. Hombre cultivado, dominaba a la perfección varios idiomas y otras artes, de él diría Noel Coward "tiene mas aptitudes que ninguno de nosotros, pero no las usa", y efectivamente, George parecía hacer lo justo y dejarse llevar: declaró haber llegado a la profesión de actor "por deriva", y soñaba con que las ganancias que le reportaba su trabajo como actor, bien invertidas, le permitirían jubilarse temprano y disfrutar de una madurez tan dorada como lo era el recuerdo de su niñez.

Esto fue lo que hundió, ya que sus proyectos de grandes negocios no solían tener una base muy práctica ni socios muy fiables: de hecho, sus sólidas ganancias en el cine se echaban a perder en planes un tanto desquiciados: James Mason explicaba un proyecto inmobiliario que se quedo en croquis, otra idea atribuida a Sanders -se non è vero, è ben trovato- era casarse con su ex-novieta Dolores Del Rio y, aprovechando su enorme popularidad en Mexico, presentarla como candidata a la presidencia, con él de primer caballero, claro.

Las muertes de su hermano(6) a causa de sus excesos con el alcohol, así como la de su segunda esposa(7), a quien George adoraba, a causa del cáncer, más la pérdida de sus ahorros en un negocio ruinoso y una baja disposición de ánimo para enfrentarse a los achaques de la edad, generaron un estado de ánimo que le llevaría a poner fin a su vida en un lugar extraño tan lejos de California como de San Petersburgo: Castelldefels.

Por cierto y para finalizar: La nota oficial de suicidio de Sanders ha sido citada hasta la saciedad, por lo cual citaré la otra nota que dejó para su hermana Margaret y que no ha sido citada en absoluto: "Queridísima Margoolinka. No estés triste. Símplemente me he anticipado a lo inevitable por unos años". El hombre tras Adisson DeWitt no era tan cínico como se lo imaginan.

José Luís Corcuera
"¡Te voy a correr a gorrazos!"

Este caballero ocupó la plaza de Ministro del Interior en aquellos años tan posmodernos en los que se le daba más importancia a un comisario de exposición que a un comisario de policía (Hecho que sin duda contribuía a su expresión permanentemente ceñuda). Su itinerario vital, de delegado sindical a jefe máximo de los guardias de la porra, pinta un personaje con rasgos de Gustav Noske(8), y aún pese a esa aparente contradicción entre orígenes y destino, encajó en el cargo como un guante de seda forjado en hierro(9). En su novela "Sabotaje olímpico", Manuel Vazquez-Montalbán lo inmortalizó con un sosias literario que encarnaba a la perfección la paradoja del personaje: "Y luego diran que la lucha de clases no existe. Hay que impedirla a toda costa y sobre todo desde mi cargo, pero existir, vaya si existe…!"

A grandes rasgos, su perfil concuerda con el del prototípico vizcaino sobradete, un tipo recio que sin duda hubiera encandilado a Madeline Kahn, poseedor de ese indefinible je-ne-sais-quoi que desprenden los tipos rudos y sin desbastar... ¡Ah, esos hombres que llevan tanta testosterona encima que una no sabe como pueden llegar a pasar por la puerta! (Con o sin orden judicial).

Con todo, bajo esa pose de hombre carrasqueño, hay algo que lo hace enternecedor: esa obtusa determinación digna del Sargento Howie a llegar como sea al meollo del asunto, aunque esa misma obcecación le predestine inevitablemente a un nada apetecible acto de (auto)inmolación. En los tiempos que corren, una extraña ese aspecto de un político que cuanto menos sabía conjugar el verbo "dimitir" y era capaz de atender una rueda de prensa a pelo y no vía televisor de (ecto)plasma.

Lo que son las cosas, el actual ministro del ramo, Fernandez-Diaz, ese hombrecillo pío de gesto compungido (es lo que tiene elevar el cilicio a la categoría de accesorio de moda) se ha empeñado en dejar a nuestro viril ex-ministro como una nenaza, promulgando una ley anti-ciudadana en la que, por ejemplo, lanzar tartas alegremente será castigado con rigor Latveriano: Puestos a imitar a paises centroeuropeos imaginarios ¿por qué no tomamos como ejemplo el más risueño reino de Carpania?.

Oscar Levant
"There's a fine line between genius and insanity. I have erased this line" So speaketh the Shambling Mercutio

Oscar Levant fue conocido tanto por su virtuosismo como pianista, como por su persona erudita, sarcástica e irreductiblemente urbanita, así como por entender la neurosis como una de las bellas artes, aunque ello le convirtiera en su propio peor enemigo.

Levant era el menor de cuatro hermanos de una familia de judíos rusos emigrados a la industrial Pittsburgh(10), y como explicaría muchos años después, sus padres, y muy especialmente su madre, daban gran importancia a que sus hijos tuvieran una buena educación (lo cual hizo de Oscar un lector voraz y un hombre ilustrado), una estricta adherencia a los ritos del judaismo ortodoxo y que amaran la música: A Oscar se le asignó el deber de formarse como pianista. Oscar también se tenía que defender en las no siempre acogedoras calles de la capital estadounidense del acero: al no ser un chico de tipo fornido, optó por afilar su lengua y agudizar su ingenio(11).

Cuando el chico de barrio virtuoso del piano llega a Nueva York, se libera las rígidas normas maternas y se zambulle de cabeza en el mundillo artístico de los bulliciosos veinte, en el que conoce a la bohemia de Broadway, el Jazz, unas cuantas chicas Ziegfeld y sobretodo, a George Gershwin, pasando a formar parte de su círculo habitual. Gershwin era un compositor de enorme talento atraido por el jazz. Oscar lo admira ciegamente, aunque un comentario humorístico que George le hace le marcará y escocerá toda la vida: Viajando en coche cama, y ocupando George la litera superior, éste dirá "Litera superior, litera inferior, hete aquí la diferencia entre genio y talento" George está plenamente seguro de su talento y su su obra, y Oscar no: pese a su indudable valía ocultaba una terrible inseguridad bajo su barniz de tipo caustico (lo que tiene ser el hijo pequeño que creció dominado por la presencia materna).

Lo curioso es que Levant era mejor considerado como compositor por sus colegas americanos que Gershwin: Fue alumno de Arnold Schoenberg y amigo de Aaron Copland, componiendo varias complejas obras de música contemporánea bastante bien recibidas en su momento... A pesar de ello, Oscar se consideraba inferior a Gershwin y le dolía que sus contemporáneos contemplaran a George como un compositor de obras ligeras. Ya en vida de Gershwin, Levant fue uno de sus principales intérpretes, y tras la temprana muerte de éste, Oscar dedicaría una gran parte de su trabajo como intérprete a mantener viva la memoria de George en las salas de concierto.

Demasiado vital para limitarse sólo a la música, Oscar se dedicaría también a trabajar en cine (como actor y compositor de bandas sonoras) y en radio. Esta sobreocupación le causaría un ataque al corazón que tendría consecuencias fatales: El fumador y cafeinómano contumaz se convirtió en un adicto a medicación que le recetaron para recuperarse, y luego a otras pastillas similares y/o substitutivas. Levant ya tenía un punto neurótico e hipocondríaco que se acentuaría en esos años en los que alternaría su trabajo con ingresos en sanatorios, digamos que la vida de Levant vendría a ser la versión genuina y hardcore del personaje que años más tarde encarnaría Woody Allen, aunque Allen es, en comparacion, un poseur disneyano: Levant le da, en este aspecto, sopas con honda.

Náufrago de si mismo y con el cuerpo y la psique destrozada, aun era capaz de recomponerse (con el inestimable apoyo de su esposa June) lo justo para aprovechar las pausas entre ingreso e ingreso en clínicas con conciertos, películas, presentar su propio programa de televisión y disparar contundentes epigramas dignos del otro Oscar. Cascado pero imparable, aunque cada vez más reclusivo, Levant se apaga poco a poco hasta el punto de que en alguna rara y tardía asistencia a algún evento público causa la sorpresa de algun desinformado que ya le daba por desaparecido.

Todo esto y mucho más lo referiría el propio Levant en unas francas y descarnadas memorias en las que se contemplaba a si mismo con muy poca compasión: ofrecen una visión excepcional del interior de una mente desquiciada y genial, pero capaz de observarse a si misma con perspicacia y un brutal sentido del humor... Si alguna ves se piensan que andan joidillos psicológicamente, las memorias de Levant son la mejor medicina, es leérselas y pensar "¡Buf, lo mío no es ná!"


Gene lo ve todo de color de rosa, Oscar está más resabiao

Luis Mariano
Doble gustirrinín: Luis Mariano retratado por René Gruau

Mi madre (q.e.p.d.) siempre que en alguna película salía un actor bien plantado, moreno y con cejas potentes, solía decir admirada "Tiene cara de vasco". Para entendernos, un tipo de mozo que podía ir de Rock Hudson a Ricard Conte, y por mucho que le dijera que el actor en cuestión era de ascendencia italiana o irlandesa con un cuarto de sangre Cherokee, ella erre que erre, siempre pensaba que en el arbol genealógico del actor en cuestión debía haber una gota de sangre vasca proviniente de algún euskaldún perdido por el lejano oeste.

Luis Mariano era el ejemplo primordial de lo que mi madre consideraba "tener cara de vasco". Mariano marchó de su Guipuzcoa natal a Francia durante la guerra civil con su familia y allá se quedó para trabajar y triunfar espectacularmente como cantante. Es muy típico de aquí decir que Francia "se apropia" de nuestros artistas, aunque no se suele tener en consideración que Francia simplemente aprecia a los artistas a los que aquí ninguneamos. Somos muy dados a maltratar a nuestros mejores cerebros y talentos, y luego quejarnos de que se han ido cuando han triunfado en el exterior. Encima, de propina, les tenemos una envidia malsana.

En palabras de Henri Bourtayre: ..."voz de terciopelo, físico agradable, sonrisa deslumbrante. Talento de múltiples facetas, hablaba varios idiomas, diseñaba sus decorados, su vestuario, los planos de sus mansiones e incluso escribió la letra de algunos de sus cantables. Jean Gabin dijo que hay artistas a quienes se admira y otros a quienes se ama. Luis Mariano pertenecía a las dos categorías"... En resumen, un tipo inteligente y cultivado. Así entre nosotros, es evidente que en la España ultracatólica, militarota y oligárquica un personaje sí estaba fuera de lugar, que caray: En Francia, hasta una opereta ambientada en un convento tiene más picardía que una zarzuela ambientada en pleno carnaval.

Luis Mariano fue príncipe de la opereta en una sociedad republicana y laica, que supo apreciarle por sus capacidades y no como pasa en otros lugares en los que se suele ser príncipe por simple cuestión de genética.

The Arrow Collar Man

*Sigh*... Be still my beating heart!

En los plácidos principios del siglo XX, antes del Primer Gran Desastre, Joseph Christian Leyendecker, pintor e ilustrador portentoso de trazo briosamente Halsiano, creó para la Cluett Peabody & Company, fabricantes de camisas, el icónico Arrow Collar Man.

El personaje se convirtió en la encarnación del americano ideal: joven, distinguido, vigoroso, instruido, autosuficiente y condenadamente atractivo, de mirada fieramente determinada y a la vez melancólicamente soñadora... El hombre con clase al que aspiraba convertirse cualquier comprador de los cuellos Arrow, el hombre por el que suspiraban las chicas Gibson.

Entre los modelos que posaron para Leyendecker, el más habitual e identificable de ellos, el Arrow Collar Man por excelencia, era Charles Beach, convertido por Leyendecker en arquetipo ideal del macho estadounidense. Curiosamente, la Cluett Peabody & Company, los compradores de cuellos Arrow y las chicas Gibson ignoraban que el fermoso y fornido Beach también era la pareja de Leyendecker.

A eso le llamo yo meter un gol por la escuadra: ¡Bien joue, Mr. Leyendecker!

Notas:
1) Fuentes: Básicamente, mi vasta Laughtonteca.
2) Laughton incluso aprovechó para él y sus compañeros del Old Vic parte del vestuaria utilizado en "La Vida Privada de Enrique VIII", que había rodado recientemente.
3)No olvidemos que Henri IV fué el primer Borbón que llegó al trono de Francia ¡Lo que le va la marcha a esta dinastía, pardiez!
4) Cuando un entrevistador le dijo que "A todo el mundo le gustaría ser Cary Grant", él respondió, "¡A mí tambien!"
5) Fuentes: la autobiografía de Sanders, "Memoirs of a Professional Cad", así como "George Sanders: An Exhausted Life" de Richard VanDerBeets, "A Dreadful Man" de Brian Aherne y "Before I Forget" de James Mason.
6) Tom Conway, que sucedería a George como protagonista de la saga "The Falcon".
7) Benita Hume, viuda de Ronald Colman: Todo Hollywood se quedo a cuadros cuando Benita, que había sido la esposa del Perfecto Caballero de la Pantalla, se casó con el hombre que encarnaba al Perfecto Canalla.
8) Tiene tambien algo que me recuerda al personaje de Malyuta Skuratov, tal como aparece en las dos partes del "Ivan El Terrible" de Einsestein: al principio de la película es un agitador que interrumpe la boda del joven zar, para luego convertirse en el implacable jefe de la guardia personal de Iván. Por supuesto, tomen esto como una impresión cinéfila superficial y descarten cualquier otro paralelismo con el Skuratov histórico, que era una auténtica bestia parda.
9) Inevitable referencia al pasado siderúrgico de nuestro personaje: Ya sé que es muy manido, discúlpenme.
10) El padre de Levant, por cierto, era de San Petersburgo, como George Sanders.
11) Fuentes, las propias biografías de Levant "A Smattering of Ignorance", "The Memoirs of an Amnesiac" (título-homenaje a "Mémoires d'un amnésique" de Eric Satie, otro músico excéntrico)y "The Unimportance of Being Oscar", así como "A talent for genius. The lfe and times of Oscar Levant" de Sam Kashner y Nancy Schoenberger. Harpo Marx, que fue su amigo, nos ofrece una divertido relato de su relación en su autobiografía "Harpo speaks"
 
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